
Desaparecida mucho tiempo, lo se, y no voy a intentar justificarme, sería totalmente absurdo. Nuevo trabajo dsd hace unos meses, nuevo horario, creo que es la rimera vez en mi vida que trabajo la jornada entera en horario diurno. Los primeros días hasta me molestaba tanta luz.
El "sitio nuevo" tiene mucha luz y vistas, preciosas vistas. Un gran ventanal por el que entran todos los colores del día, a veces de manera tan abusiva que hay que echar las cortinas para soslayar el sol. Un gran jardín, donde gana el verde pero al que se le suman mil colores y aromas de flores que contínuamente mima el jardinero. También hay altas palmeras de tronco esvelto, atalayas tropicales salpicando el jardín. Glorietas con más flores, setos a los lados, olivos y más flores, y más arbustos y más árboles... Idílico el lugar, verdad? Más allá de lo púramente paisajístico estan las personas. Hasta las 9 de la mañana no es más que un ir i venir de personas que empiezan o terminan su turno. Las que empiezan ya se han calzado las batas blancas, todas con la misma leyenda en la parte derecha del pecho, las que terminan...deseando quitársela, en esta época del año la bata da muchísima calor. Pero no puedes quitártela cuando visitas espacios comunes, es lo que distingue a "unos de los otros". Pocos minutos después de las nueve empiezan a poblarse los jardines, ya no de flores, que siguen estando ahí a todas horas, si no de personas. Cada una con su especial forma de ver el mundo, de experimentar su diferencia, incluso los hay sin plena consciencia de estar aquí. Pasa el carricoche de mantenimiento y uno de ellos, viviendo su realidad, lo persigue sin cesar. Otro habla con una cabina telefónica, sin descolgar el auricular, quizás nadie se lo explicó, o simplemente no necesita hacerlo para hablar con quien quiera que hable. Otra da vueltas a una de las farolas del jardín. La siguiente, con una indumentaria propia de los 70's conversa con alguien a quien no logro ver y no pq nada físico me impida la visión del contertulio. Los hay que aparecen aun en pijama, al poco descubrí que era pq estaban castigados por intentar escaparse al "otro lado", más allá de la puerta de hierro que se cierra a cal y canto y de los muros altos que rodean el jardín. Otras y otros necesitan ayuda para su paseo, sillas de ruedas entran en escena, empujadas por compañeros suyos de mirada perdida e hilillo de baba incesante. También hay quien grita, quien se arrodilla implorando no se sabe qué ni a quién..."un cigarro, un café, un paquetillo..." lo repite una y otra vez hasta que llega un momento en que ya ni lo escuchas, estremece la frialdad y la rapidez con que aprendes a moverte en el jardín, como logras no conmoverte con la visión de cada día...